Noticias

El verso montubio queda huérfano con la muerte de su amorfinero más célebre

2.89KVistas
Si Dumas Mora se muere
que le velen en un altar
en medio de lindas mujeres
en Calceta la sin par

Cien chicas vestidas de blanco
todas en edad muy tierna
que luzcan lidas sus piernas
y un clavelito blanco

Y tengan por algo cierto
que cuando llegue a pasar
tendré los ojos abiertos
pa’ poderlas contemplar

Y a esas viejas malditas
que saben un solo vocablo
mejor se las lleve el diablo
y las fría en agua bendita

Dumas Mora
Fallece Dumas Mora (Calceta: 1930-2018), poeta, juglar y figura de la espontaneidad del verso para gloria montubia.

 

Por: Javier Pérez Gala

“¿Cuál es la misión del matrimonio? Dormir uno encima del otro” (risas). “No te rías condenao”. Con ese pareado me contestó cuando contaba que su esposa (Michita) dormía muy pegada a él. “¿No es cierto mujer que usted se casó para pichar?” A lo que ella respondió: “No hables tonteras”. Después de reír de nuevo, él le dijo: “deme la mano y divorciémonos”. En otra conversación rememora: “a Michita fue que la dije: Michita qué linda, ¿la puedo tocar? –Toque no más. – ¡Ahí está, sesenta años de esclavitud! Toda una vida ¿no? Bueno, esclavitud en libertad; uno es esclavo del deber, la obligación y las costumbres… Y por otro lado, uno se mantiene libre, hace por aquí y por allá”… Ambos manifestaban ternura hacia el otro y un cariño mutuo, aunque Dumas no perdía ocasión de incitar la risa si había más gente alrededor, por ejemplo, explicaba que se había casado por las tres vías: “por lo civil, lo eclesiástico y por bruto”. Asimismo, al rato, podía contradecirse: “la casada es mi mujer, yo soy soltero”.

Mientras, nos enseñaba álbumes de fotos donde su presencia honraba fiestas locales, regionales o reinados. También mostraba con orgullo las cientos de páginas con sus torrentes de apiladas cuartetas y redondillas. Valioso su legado por escrito, que ojalá algún día se publique; pero la mayor fuerza poética de Dumas era la oral, cuando revelaba un sorprendente genio para la improvisación. A pocos se les podrá decir repentistas como a él, quien con gracia desenroscaba versos por impulso. Su dicción no era buena, lo cual compensaba con su acompasada cadencia para declamar y con una poderosa imaginación.

La primera vez que me encontré con Dumas Mora fue en Río Caña (Santa Ana, Manabí) en agosto de 2014. Llevaba dos meses en Ecuador y me recomendaron ir al festival de Tradición Oral. Fui con una amiga desde Quito, y tras la noche en un primer autobús hasta Porto Viejo, otro más pequeño nos dejó en la conocida ‘Casa de los Abuelos’. Prácticamente, al bajar del carro, recuerdo saludar a Dumas y a continuación mi acompañante fue diana de la sátira del ‘viejo’. No acostumbrado a ello, algunas de sus palabras me molestaron. Un recibimiento que, por violento que nos pareciera en su día, nos transportó súbitamente al lugar dónde estábamos. Oír a Dumas era presentir un momento con aura, con esa irradiación que no puede ser duplicada, donde el corazón se desliza a un recoveco entre la naturaleza y la cultura. Cuatro años más tarde, aquella intuición me hace pensar que, durante ese fin de semana, sobre todo viví la tradición oral en esos ratos no programados junto a Dumas, con el que será recordado como un auténtico juglar de nuestro tiempo.

En el Amorfino el carácter de la copla amor se empapa de un tono juglaresco desviando la pretensión de la ‘fina amor’ (el amor cortés del provenzal). Si los temas amorosos se podrán encontrar en las tradiciones de la trova y juglaría, me inclino por señalar que el Amorfino se emparenta con la humorada del Arcipreste de Hita; quien rompe en la Baja Edad Media con esa tradición purificadora, ascética y trovadoresca del amor cortés sin recompensa o reciprocidad. Así dice Menéndez Pidal: “Frente al espíritu ascético de antes, surge, en vigorosa rebeldía, el espíritu mundano (porque es humanal cosa pecar)”. La relación de amor, más paródica, no toma forma de vasallaje donde la amada es señora del amante vasallo. Tampoco ocurrirá esto en el Amorfino, donde del montubio (aunque a veces sí por enamorado) no suele situarse en inferioridad a la montubia, se coloca a su misma altura si la desea conquistar y ella, por su puesto, contesta en correspondencia o porfía.

El Amorfino es una composición poética sencilla y reproducida popularmente entre gentes del agrolitoral del Ecuador, para dar letra a canciones en juegos de enamoramiento y contrapunto. Estos versos de amor (o los más de estos) eran recitados entre campesinos durante ‘juegos de rueda’. Corros o ruedas motivadas con júbilo en el festejo navideño antes o durante el baile. También serían muy escuchado en competencias y duelos verbales entre amorfineros destacados en los fines de semana durante los mercados, en las cabeceras cantonales de la geografía montubia. La genuina trascendencia del Amorfino se alcanza en ese contrapunto: el intercambio o duelo verbal se ordena en la reproducción e improvisación sincrónica, como su ímpetu y espontaneidad que se lograban en la interacción y participación de las gentes cercanas. A su inicio, las coplas serían más funcionales por la necesidad de enamorar y, después, se extenderían las satíricas, utilizadas habitualmente para entretener en competencias.

 

En estos encuentros, diría yo, Dumas no tenía rival, aunque he escuchado decir a algún paisano suyo que le puso “en cintura” en alguna ocasión. Ese día del festival, varias personas llegadas de lejos nos reuníamos a su alrededor a atender una retahíla de proverbios que, cuando no sacaban la sonrisa, provocaban la carcajada. Tan pronto inventaba historias imaginadas por su incesante creatividad, como lanzaba de su boca amorfinos a borbotones. Muy habitual era oírle relatar su paso por Sierra Maestra (Cuba), “de la época de guerrillero” durante la revolución con aquellos barbudos, de aquellas… achacaba su cojera por un balazo en la rodilla.

En cuanto a los versos de amor y sátira los recitaba de todos los colores. Ahora bien, para el tiempo que yo lo conocí, no podía evitar hacer reír a la gente; cosa sobre la que insistía en sus últimas presentaciones: le gustaba ver “al público sonriente, alegre”; dado lo cual, se daba con la palabra a la impudicia y al descaro, “que el idioma se aprende con pendejadas”. En esa tendencia a la irreverencia y la lascivia era, a veces, hasta grosero, pero también genial. Sarcástico, burlesco e ingenioso, de decir algún “verso bonito” a la siguiente intervención disparaba uno ‘picante’ u ofensivo: “La que no cambia de marido / no sabe lo que ha perdido / el que no cambia de mujer / no sabe lo que es placer. // Todo hombre debe tener / por herencia alguna cosa, / en cada barrio una moza / y en su casa a la mujer. // ¿Quién no quisiera tener / la dicha que tiene el fraile / que alzando la(s) pata(s) arriba / le queda la bolsa al aire? // Todas la mujeres tienen / en el ombligo una s / y más abajito tienen / la barba de los inglese(s) // No me quiere mi mujer / ya ni mi voz escucha / ya no me da de comer / tampoco me da la ducha. // Yo que soy ecuatoriano / de la Sierra manabita / busco una chica bonita / para ponerle la mano // No me importa el desaire / de una linda muchacha / la mujer por bien bonita / le huele la cucaracha.

Durante aquellas horas sueltas no había contrapunto de nadie, claro, era el único portador de la tradición entre los presentes. En la noche se pondría en competencia con Alexandra Cusme, quien lo acompañara por más de una década por los escenarios. Su discípula y amiga amorfinera, también de Calceta, efusiva contadora de historias en confianza y digna heredera de sus antepasados, alentaba a Dumas a moverse por otras provincias del país de espectáculo en espectáculo.

Así anduvo este juglar, que también era un hombre meditabundo, capaz de dar sentencias de gran profundidad y gentileza: “la vida es linda cuando se carga, no cuando se arrastra”. Un semblante reflexivo se puede ver en el documental Ale y Dumas, uno es dos y dos son uno (2008) de Pocho Álvarez. Como no hay duda, Dumas Mora era un hombre de su tierra, de apego a la naturaleza y de una sabiduría intuitiva que tiene la gente de campo. Por ello, llamarle “poeta del Carrizal” comprende el carácter del personaje, de su poesía atada al monte, a la tierra y al río. La gran diferencia con los juglares de otro tiempo podría ser que rara vez se ganó el sustento en sus funciones como juglar, sino que vivió de trabajar la tierra, cosechando cacao. Con humor y sosiego meses antes de su partida pediría su hora: “Bueno, doña muerte, aquí estoy, disponible, lléveme a descansar…” Y al tiempo, la muerte le vino a visitar. Hasta aquí su camino terrenal, ese que le devuelve a la misma tierra donde morará su espíritu. Sus palabras en memoria de todos: Yo soy Mora puro fino / porque así me puso el cura / y si alguno tiene duda / pregúntele a mi padrino.

¡Descansa en paz, poeta, juglar!

Deja una respuesta

WhatsApp chat